La noche en que descubrí que no podía cerrar los ojos

Nunca pensé que algo tan simple como parpadear pudiera convertirse en un privilegio. Siempre asumí que cerrar los ojos era un acto natural, involuntario, casi automático… hasta que vi por primera vez a la mujer sin párpados.
No la vi en un sueño.
No en una historia que alguien me contó.
La vi frente a mí, a menos de un metro.
Respirando.
Observándome sin pestañear… a la mujer sin parpados.
Todo comenzó con un insomnio extraño
Esa noche llevaba más de dos horas dando vueltas en la cama. No tenía razón para estar despierto. Estaba cansado, agotado incluso, pero cada vez que cerraba los ojos sentía una presencia… como si alguien estuviera de pie al lado del colchón.
Abría los ojos de golpe.
Silencio.
Cerraba otra vez.
La misma sensación.
Una sombra. Una figura. Algo.
Pensé que era ansiedad, o quizás ese tipo de alucinaciones que aparecen cuando uno está al borde del sueño. Hasta que dejé de pensar eso.
Porque en un parpadeo lento…
la vi a ella a la mujer sin parpados.
La aparición en el pasillo
La primera vez no la vi en mi habitación, sino en el borde del pasillo, justo donde la luz no llega completamente. Una mujer. Estática. De cabello absolutamente negro, liso, colgando como cortinas húmedas.
Y sus ojos…
Dios, sus ojos.
Los tenía completamente abiertos. Tan abiertos que parecían estirados más allá de lo natural. Al comienzo creí que estaba sobresaltada, pero después entendí la verdad:
No tenía párpados.
Nada.
Ni piel. Ni pestañas.
Solo dos cavidades brillantes, húmedas, temblorosas, fijas en mí como si no pudiera mirar hacia otro lado.
La observé quizá tres segundos.
Ella no parpadeó.
Porque no podía parpadear.
Y en su rostro sin emoción, noté cómo sus globos oculares se movían de forma rápida, desesperada, como si le dolieran.
Retrocedí.
Ella avanzó.
El sonido que nunca voy a olvidar
No habló.
Pero emitió un ruido… un sonido que todavía escucho cuando estoy en silencio.
Era el sonido de sus ojos secándose.
Un crujido húmedo, como hojas mojadas quebrándose lentamente.
Cada paso que daba hacia mí aumentaba ese ruido.
Crrk… crrk… crrk…
Me paralicé. No porque fuera valiente, sino porque mi cuerpo literalmente no respondió. Estaba tan asustado que mi cerebro prefirió dejar de pensar.
Fue entonces cuando noté que había lágrimas bajando por su rostro. No lágrimas normales. Eran rojizas, espesas. Sangre diluida.
Bajaban en hilo.
Gota a gota.
Cayendo al piso sin que ella pestañeara.
El susurro que cambió el aire
Cuando estuvo suficientemente cerca, su cabeza se inclinó hacia la mía. Sus ojos temblaban tan rápido que parecían vibrar. Y entonces abrió la boca… no para hablar, sino para respirar tan fuerte que aspiró el aire que estaba justo frente a mi cara.
Sentí cómo mi pecho se contraía, como si me estuvieran robando la respiración.
Y ahí sí habló. Con una voz débil, casi infantil, susurró:
“Duele… todo el tiempo…”
Ese lamento no era de un monstruo.
Era de alguien que estaba atrapado en un dolor constante.
Luego agregó:
El momento en que extendió la mano
Su mano tembló cuando se acercó a mi ojo. No con la intención de lastimarme… sino como quien quiere tocar algo delicado.
Pero cuando la punta de su dedo rozó mi párpado…
sentí un ardor insoportable, como si me estuvieran arrancando la piel con fuego.
Me puse a gritar.
Caí hacia atrás.
Y ella también gritó, pero su grito fue distinto: era un sonido quebrado, profundo, como si viniera de un lugar donde ya no quedaba humanidad.
El final de esa noche… y lo peor que descubrí después
Cuando encendí la luz… ella ya no estaba.
La habitación estaba vacía.
El pasillo también.
Pero en el piso había gotas de ese líquido rojizo que caía de sus ojos.
Pensé que se había ido.
Quise creerlo.
Hasta que me miré en el espejo.
Y ahí lo entendí.
Mis ojos…
no se cerraban completamente.
Era mínimo, casi imperceptible… pero mi párpado no bajaba del todo. Al parpadear, una pequeña línea quedaba abierta, como si algo la hubiese debilitado, estirado… o arrancado apenas.
Esa noche dormí con los ojos parcialmente abiertos.
Y desde entonces, a veces despierto con los ojos ardiendo…
…como si alguien me observara mientras duermo.


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