la figura que nunca se aleja de tu ventana
El Vigilante de la Ventana es una de esas entidades que no necesita forzar puertas, arrastrar cadenas o susurrar tu nombre para aterrorizarte. Su presencia basta. Una sombra quieta, inmóvil, que te observa desde el otro lado del vidrio… incluso cuando vives en un piso 12. Hay quienes aseguran que este ser aparece solo a quienes están emocionalmente al borde del colapso; otros dicen que es una advertencia de que algo peor está por venir.
En esta historia conocerás la experiencia de alguien que lo vio demasiado de cerca… y que desearía no haber levantado nunca la mirada.
Cuando descubrí que no estaba solo
La primera vez que lo noté fue una noche cualquiera, mientras intentaba conciliar el sueño con las luces de la calle filtrándose por las cortinas. El silencio del departamento era casi absoluto, salvo por el zumbido constante del refrigerador y el ocasional crujido de las paredes, síntomas típicos de un edificio antiguo. Pero había algo más… una sensación punzante, como si alguien estuviera observándome desde un punto específico de la habitación. No me moví. No quise hacerlo.
Cuando finalmente reuní valor para girar la cabeza hacia la ventana, lo vi.

Había una figura allí, completamente inmóvil, apenas iluminada por la luz mortecina del poste de la calle. Su silueta era alta, delgada, casi esquelética. No podía distinguir su rostro, pero sabía que me estaba mirando. Sentí que el aire se espesaba a mi alrededor. Mi cuerpo entero se congeló.
Me repetí una y otra vez que era mi mente jugándome una broma, un reflejo distorsionado, alguna sombra producida por los árboles que se mecían al viento. Pero El Vigilante de la Ventana no desapareció. No se movió. No parpadeó. Solo estaba ahí, erguido, como si llevara horas… o días… observándome.
La segunda noche: cuando ya no fue una sombra
Intenté olvidarlo durante el día. Salí más temprano al trabajo, regresé más tarde de lo habitual, y dejé la televisión encendida para no escuchar el silencio. Pero la incomodidad persistía. Algo en mí sabía que al caer la noche él volvería.
Y volvió.
Esta vez estaba más cerca del vidrio. Tanto, que pude ver mejor su forma: brazos largos, excesivamente largos; dedos que golpeaban suavemente el cristal, como si marcaran un ritmo que solo él entendía; un rostro sin rasgos definidos, pero con un hundimiento donde deberían estar los ojos… ojos que yo podía sentir, aunque no pudiera ver.
De pronto, su cabeza se ladeó levemente. No sé cuánto tiempo me quedé paralizado frente a él, pero cada segundo fue un tormento. No me atreví a acercarme. No me atreví a parpadear. No me atreví ni siquiera a respirar profundamente.
Cuando comprendí que El Vigilante de la Ventana no estaba afuera
La tercera noche fue diferente. Esa vez no apareció en la ventana. Y por un instante, me sentí aliviado. Quizás se había ido, quizás lo había imaginado todo.
Pero no.

Mientras intentaba dormir, escuché un sonido suave, casi imperceptible: un roce… dentro de mi habitación. Como si algo se arrastrara despacio por la pared. Sentí un escalofrío recorrerme de arriba abajo. Me quedé inmóvil, escuchando, deseando estar equivocado.
Y entonces lo vi.
No en la ventana.
No afuera.
Estaba dentro del cuarto, en el rincón, donde la luz no alcanzaba a iluminar por completo. La misma figura larga y torcida, pero ahora con su cabeza inclinada hacia mí, demasiado cerca, demasiada presencia, demasiado real.
Supe al instante que El Vigilante de la Ventana nunca estuvo limitado al vidrio. La ventana era solo un aviso. Un preludio. Una cortesía macabra antes de entrar.
Lo único peor que verlo es no verlo más
Esa noche cerré los ojos sin saber qué haría. Cuando los abrí, él ya no estaba. Revisé cada rincón del cuarto, cada sombra, cada rincón oscuro. Nada. Se había ido.
O eso creí.
Hasta ahora.
Cada noche, antes de dormir, reviso la ventana. El vidrio refleja la habitación. Mi reflejo. Y a veces… algo más.
Porque dicen que El Vigilante de la Ventana nunca se va del todo. Solo cambia de lugar. Solo espera. Solo observa.
Y si tú estás leyendo esto de noche… tal vez ya esté mirando desde la tuya.

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