La Noche En Que Todo Cambió

Nunca me había sentido tan vulnerable en mi propia casa, pero aquella noche… algo estaba terriblemente mal.

Era un sábado frío. El viento golpeaba las ventanas y las ramas del patio arañaban los vidrios con un sonido que parecía susurros. Mi perro, Bruno, solía inquietarse cuando había tormenta, pero esa noche estaba demasiado quieto. Apenas lo escuché moverse.

Me metí en la cama, dejando la mano colgando hacia abajo, como siempre. Era una costumbre estúpida, pero Bruno la adoraba: cada noche, sin fallar, se acostaba a mi lado y lamía mi mano para avisarme que estaba ahí.

A los pocos minutos, sentí su lengua tibia deslizarse por mis dedos.

Todo normal.

O eso pensé.

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El Primer Indicio de Que Algo No Andaba Bien

Intenté dormir, pero había un olor extraño. Una mezcla entre hierro y humedad. Algo parecido al agua estancada, pero más… denso.

“Debe ser la tormenta”, pensé.

De pronto, escuché un goteo.
Un plop… plop… plop lento, rítmico, pesado.
Molesto e imposible de ignorar.

Me levanté a revisar el baño, pero estaba totalmente seco.
Volví a la cama, y antes de meterme bajo las mantas, Bruno lamió mi mano otra vez.

Me tranquilicé.
Era él.
Todo estaba bien.

O eso quise creer.

La Tormenta Se Intensifica y el Miedo Crece

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El viento golpeó con tanta fuerza que pensé que la ventana estallaría.
El goteo continuaba.
El olor metálico seguía ahí.
Y Bruno… no hacía ningún ruido más que sus lamidas.

“Pobre, debe estar asustado por la tormenta”, murmuré.

Metí la mano hacia abajo para acariciarlo.
Otra lamida.
Otra vez esa lengua tibia y áspera.

Pero algo estaba mal.

La lengua… era demasiado larga.

La Revelación Final

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Amaneció.

Me estiré en la cama y bajé a buscar a Bruno para darle su comida.
No estaba en la cocina.
Ni en el living.
Ni en el patio.

Cuando abrí la puerta del baño…
el horror me golpeó tan fuerte que las piernas casi no me respondieron.

Bruno estaba colgado en la ducha.
Desollado.
Goteando sangre.

El sonido del goteo que había escuchado toda la noche.

En el espejo, escrito con la misma sangre, había un mensaje:

“NO SOLO LOS PERROS LAMEN.”

Mis dedos comenzaron a temblar.
Recordé cada lamida.
Cada sensación.
Cada momento en que pensé que mi perro estaba junto a mí.

Entonces entendí:

Lo que lamió mi mano toda la noche… no era Bruno.

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