Hay juguetes que simplemente se rompen.
Y hay otros… que nunca deberían haber sido traídos a casa.

Esta es la historia de Teddy, el llamado perro oso.
Un relato que parece inocente al principio, pero que termina dejando una sensación incómoda, como si algo te estuviera observando desde el rincón de la habitación.

El regalo que parecía inofensivo

Cuando era niño, mis padres solían regalarme juguetes usados. No éramos pobres, pero tampoco ricos. Una tarde, volvieron de una feria con algo envuelto en una bolsa plástica negra.

Era un peluche grande, pesado, extraño.

Tenía la forma de un oso, pero no del todo.
El hocico era alargado, como el de un perro.
Las patas eran demasiado largas.
Los ojos… demasiado realistas.

—Se llama Teddy —dijo mi madre—. Al dueño anterior no le gustó.

Desde el primer momento, sentí rechazo. Pero aun así, lo dejé en mi pieza.

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Teddy no se sentía como un juguete

No sé cómo explicarlo sin sonar ridículo, pero Teddy no se sentía vacío, como otros peluches. Era rígido, pesado, casi como si tuviera huesos dentro.

A veces, cuando despertaba de noche, tenía la sensación de que había cambiado de posición.
No mucho. Apenas unos centímetros.

Siempre pensé que era mi imaginación.

Hasta que empezó a mirarme distinto.

Los sonidos en la noche

Una madrugada, me despertó un ruido suave.
Un sonido húmedo. Rítmico.

Como si alguien respirara… muy despacio.

Me giré hacia Teddy.

El peluche estaba sentado, erguido, mirando directamente a mi cama.
Su cabeza, que antes caía hacia un lado, ahora estaba completamente recta.

No grité.
No me moví.
Solo cerré los ojos con fuerza.

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El olor

A la mañana siguiente, mi madre entró a la habitación y frunció el ceño.

—¿Qué es ese olor?

Era un olor metálico, rancio.
Como carne vieja.

Revisaron la habitación. Nada.
Pero cuando tomaron a Teddy, el olor era más fuerte.

Decidieron tirarlo a la basura esa misma tarde.

Teddy volvió

Cuando regresé del colegio, Teddy estaba en mi cama.

Limpio.
Sin olor.
Sentado exactamente como la noche anterior.

Mis padres juraron que no lo habían sacado del basurero.

Esa noche dormí con la luz encendida.

El final de Teddy

No recuerdo exactamente cómo pasó.
Solo recuerdo despertar con una presión en el pecho.
Un peso enorme.

Abrí los ojos.

Teddy estaba sobre mí.

No como un peluche.

Sino como algo que intentaba imitar uno.

Desperté gritando.
Mis padres entraron corriendo.

Teddy estaba en el suelo. Inmóvil.

Esta vez, no lo tiraron a la basura.

Lo quemaron.

Epílogo

Años después, supe que el juguete pertenecía a una familia donde el perro había muerto de forma violenta.
Alguien había intentado “preservarlo”.

Convertirlo en algo que pudiera quedarse.

Desde entonces, evito los peluches antiguos.
Especialmente los que parecen animales…
pero no lo son del todo.

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