El terror que vive detrás del cristal

Entre todas las leyendas urbanas que han recorrido el mundo, pocas son tan inquietantes como La Mujer en el Espejo. Un mito antiguo, repetido en susurros, experimentado por quienes aseguran haber visto su silueta reflejada justo detrás de ellos cuando estaban completamente solos.
Se dice que aparece en momentos de vulnerabilidad, cuando la luz es tenue y la casa parece respirar por sí misma.

“Lo que vi en el espejo no era mi reflejo”

Mi baño siempre había sido un lugar común, casi aburrido: paredes blancas, un foco que parpadeaba desde hacía meses, y un gran espejo justo encima del lavamanos. Nunca le puse demasiada atención… hasta esa noche.

Era tarde, cerca de las 3:00 AM, la hora en que —según dicen— el velo entre nuestro mundo y “el otro” es más delgado. Desperté con sed y fui al baño sin encender la luz; conocía el camino de memoria.

la mujer en el espejo

Al acercarme al lavamanos levanté la vista para mirar el espejo. El pasillo detrás de mí estaba oscuro como boca de lobo. Podía ver apenas mi propia silueta. Pero algo no cuadraba. Mi reflejo… parpadeó un segundo después que yo.

Me congelé.

Pensé que era el sueño, la oscuridad, o quizá ese foco fallando. Pero entonces, mi reflejo sonrió.

Yo no.

Sentí el estómago caer como si hubiera saltado desde un edificio. Mi corazón explotó en mi pecho. Mi reflejo levantó lentamente la mano, pero yo la tenía pegada al lavamanos.

No estaba imitándome.

Me estaba llamando.

La aparición

Di un paso hacia atrás. Mi reflejo, en cambio, dio un paso hacia adelante, acercándose al vidrio, como si quisiera atravesarlo. La sonrisa se deformó, estirándose de una manera antinatural, como si la piel fuera demasiado elástica.

En la oscuridad, pude ver parcialmente su rostro: no era yo. Era una mujer. Piel pálida, ojeras profundas, cabello empapado como si hubiera salido de un río en plena noche.

Me acerqué apenas para verla mejor —error fatal— y entonces abrió la boca. No para hablar. Sino como si quisiera gritar, pero sin emitir sonido.

Solo un silencio denso, pesado, imposible de ignorar.

La vi levantar ambas manos. Sus uñas estaban rotas, sangrando.

Y golpeó el otro lado del espejo.

El vidrio vibró.

Yo retrocedí una vez más, pero mis piernas cedieron. Caí sentado contra la pared. Ella seguía presionando el espejo, golpeándolo, arañándolo.

Los rasguños comenzaron a aparecer en MI lado del espejo.

La mujer cruzó el reflejo

El espejo empezó a agrietarse. Las grietas se expandían como raíces negras, dividiéndose, avanzando, respirando. El sonido era como hielo quebrándose bajo tus pies.

la mujer en el espejo

Intenté gritar, pero no salió nada. Ella se detuvo… me miró… inclinó la cabeza, como si estuviera estudiando el miedo en mis ojos.

Y entonces, habló.

Con mi voz.

—Déjame entrar.

El vidrio explotó hacia afuera.

Sentí pedazos caer sobre mí. Cuando levanté la vista, ella ya no estaba en el espejo.

Estaba entrando a la habitación.

Sus pies desnudos tocaron el suelo. Su cabello siguió goteando. Y la sonrisa… esa sonrisa… permaneció fija.

Se acercó lentamente, como una sombra derramada por el suelo.

Traté de arrastrarme lejos, pero mis piernas no respondían.

Ella se agachó, puso una mano fría en mi rostro, y dijo:

—Ahora tú tomas mi lugar.

La oscuridad tragó todo.

Por qué no debes mirar fijamente al espejo de noche

Desperté en mi cama, jadeando. Corrí al baño para comprobar si todo había sido una pesadilla.

El espejo estaba intacto.

O eso pensé.

Cuando me alejé, pude ver por el rabillo del ojo un detalle mínimo, pero mortal.

Mi reflejo… sonrió un segundo antes que yo.


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